Una noche fría. Poca gente. La justa y necesaria, los amigos, los de siempre. Pasaste a mi lado sin mediar más que media sonrisa y al cabo de un instante ya estaba toda la jugaba trenzada. Me aupé a donde pude, por una vez quise que supieras que yo estaba allí, sin más concesiones, sin que entre los dos hubiera ningún tipo de problemas. Te obligaron a hablar. Dijiste sincero lo que sentías y me diste las gracias. Me guiñaste un ojo y sonreiste. Y yo, creciendo más de mil metros por encima de toda esa gente, extendí un brazo y con un dedo acusador y cómplice y una sonrisa llena de vida, te señalé victoriosa. Porque por una vez, habíamos ganado... Sé que nadie va a entender qué quiere decir este texto... pero esa es la intención (y agradecería que nadie especulara con ello). Hay veces que una no quiere dejar que se pierdan en el olvido ciertos detalles. Y ésta, creo, es la mejor manera para evitarlo. ¡¡Buenos días!!